Le tengo miedo a Uribe

Por María Elvira Samper, tomado de Elespectador.com

No creo que el expresidente Uribe tenga las pruebas que dice tener sobre los dos millones de dólares supuestamente provenientes del narcotráfico que el polémico J.J. Rendón habría entregado a la campaña de Juan Manuel Santos.

Si en realidad las tuviera, ya las habría publicado vía Twitter —su principal arma arrojadiza— y las habría entregado a la Fiscalía. Pero no las tiene, y como no las tiene —y el fiscal Montealegre le dio papaya hablando de más—, montó el show de la falta de garantías, no acudió a la primera citación de la Fiscalía y en la segunda se presentó diciendo falsamente que había sido llamado como sindicado y no como testigo, recusó al fiscal y al vicefiscal, y además dejó flotando la especie de que la Fiscalía había filtrado nombres de fuentes aportadas por él en el caso del secuestro de unos ciudadanos chinos.

En medio de una nube de micrófonos y de cámaras, dio fin al espectáculo sin permitir que los periodistas le preguntaran sobre los interrogantes que dejó planteados. El ladino viejo truco de tirar la piedra y esconder la mano. El daño estaba hecho y el ambiente aún más envenenado que el día anterior, cuando, para justificar su no comparecencia ante la Fiscalía, insinuó en forma temeraria que revelar las fuentes era exponerlas “a los riesgos del terrorismo y de las venganzas del gobierno Santos”. Inaudito. Debería exigírsele, como mínimo, cierta dosis de responsabilidad al hacer declaraciones públicas, pero sobre todo al hacer sindicaciones públicas. Debería, digo ilusa, porque es como pedir peras al olmo.

El expresidente no conoce límites éticos ni morales. No respeta las reglas del juego democrático, cree que está por encima de la ley y que puede escoger a sus jueces (gran ejemplo para el ciudadano de a pie); miente sin pudor y sin rubor, y acusa sin pruebas, a sabiendas de que la mejor defensa es el ataque. Hábil comunicador y manipulador, al amplificar las sospechas sobre la campaña de Santos (que es tarea de la Fiscalía esclarecer), hace desaparecer de la escena a Zuluaga, su candidato, cuya campaña sí tiene vínculos probados con un hacker detenido por la Fiscalía por espionaje y violación de comunicaciones, que ha traficado con información sobre el proceso de La Habana. El caudillo redentor pone el pecho por su peón de brega. La farsa hecha carne y huesitos.

Uribe, el perseguidor perseguido, posa ahora de víctima. Que no se olvide que tiene más de 250 demandas en su contra que no han pasado de la etapa preliminar y se apolillan en los archivos de la Comisión de Acusaciones, un récord en la historia de Colombia. Abusos de poder, chuzadas, corrupción, apoyos y alianzas de dudosa ortografía, mermelada... Pocos le han pasado cuenta de cobro y por eso sigue haciendo estragos, intoxicando la política, atizando el odio.

El odio visceral por Santos —no los intereses superiores del país— es el combustible de sus actuaciones incendiarias. Poco le importa si un acuerdo con las Farc puede evitar en el futuro cientos de muertos, desplazados, viudas y huérfanos, comunidades deshechas, atraso... El deseo de vengar la muerte de su padre sigue vivo, a la par que su obsesión de exterminar a la guerrilla, lo que supone llevar la guerra hasta las últimas consecuencias, y está en relación directa con su obsesión por recuperar el poder, así sea por interpuesta persona, como lo hizo el autoritario Putin con Medvédev, el Zuluaga eslavo. A mí, lo confieso, Uribe me produce miedo y me horroriza la idea de volver al pasado con Zuluaga como mascarón de proa.